Anoche, justo antes de irme a dormir, me encontré un correo en uno de mis buzones que volvía a recordarme que algún día mis orejudos partirán, y es que tener una mascota conlleva aceptar un encuentro con la muerte, algo que no es más que una parte del ciclo de la vida, del que ningún ser vivo es ajeno.
Yo no sé explicar por qué en mi corazón hay un hueco sólo reservado para mis perros, puede que tenga que ver con una forma de amar, o sencillamente una ilusión que a los humanos nos encanta,… lo cierto es que me apena muchísimo la idea de que algún día me tenga que separar para siempre de uno de ellos.





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